Quien bien te quiere, te hará llorar.

Todos conocemos, al menos de oídas, quién era Nicodemo. El evangelista San Juan nos narra una entrevista con Cristo precisamente en el Monte de los Olivos. Desde ese momento decidió ser su seguidor, su discípulo, su aliado y su amigo… pero en la sombra. Pertenecía al Sanedrín…

Todos conocemos, al menos de oídas, quién era Nicodemo. El evangelista San Juan nos narra una entrevista con Cristo precisamente en el Monte de los Olivos. Desde ese momento decidió ser su seguidor, su discípulo, su aliado y su amigo… pero en la sombra. Pertenecía al Sanedrín, a una posición social alta, notable y noble y aunque intuía que ese hombre que le hablaba de nacer de nuevo del agua y del Espíritu venía de Dios, no se atrevía a dar el paso de señalarse como su discípulo. No aparece este sumo sacerdote en nuestro pasaje del evangelio de hoy, pero me ha servido de referente para dar a conocer una actitud que es consecuencia de la exigencia del Evangelio y la respuesta que demanda. Ciertamente nunca fue fácil el seguimiento del Maestro. Lo mismo que no fue fácil predicar el Evangelio que Él mismo proclamaba: incomprendido de principio a fin, es más, incomprendido en su propia casa. Con razón diría después no he venido a traer paz sino espada. Para enfrentar al hijo con su padre y a la hija con su madre (Mt. 10,35). Las lecturas de este domingo intentan hacernos un retrato sobre la figura del profeta, del enviado a proclamar la Palabra de Dios delante del pueblo y, posteriormente, en la perícopa evangélica veremos el resultado predecible de esta misma predicación: la incomprensión y el rechazo. Desde antes de formarte en el seno materno, te conocí; desde antes de que nacieras, te consagré como profeta para las naciones. El profeta no decide serlo por si mismo: no es una opción, una carrera profesional o un oficio al modo humano. Es una vocación, una elección de predilección de Dios. Vocación que conlleva un ministerio, un servicio aunque sea incomprendido: llevar la Palabra de Dios, iluminar con la luz de su Palabra, a un pueblo, incluso a sus magnates y gobernantes, que caminan a oscuras, envueltos y confiados en las seguridades de sus murallas, sus argumentos y en definitiva, sus propios pecados. El resultado no es distinto a cuando echamos sal a una herida en carne viva, escozor, gritos y violencia. A nadie le gusta que le denuncien sus errores; la corrección siempre es dolorosa e inaceptable, aunque sea todo lo fraterna o caritativa que queramos. Y esa es la misión irrenunciable del profeta y la suerte que en definitiva corren todos ellos: desde el mismo Isaías hasta Juan el Bautista. ¡Qué distinta es a veces nuestra actitud ante los que nos hacen la guerra! O agachamos la cabeza, disimulando, como Nicodemo o intentamos responder violencia con violencia, justificándola con el famoso “Deus Vult”. El único motor, la única razón que nos mueve no ha de ser otra sino la misma caridad que Dios hace nacer en nuestros corazones con la fuerza de su Espíritu Santo: la caridad que, según nos dice San Pablo en la 1ª Carta a los Corintios que hemos escuchado: “(…) el amor (de caridad) es comprensivo, es servicial y no tiene envidia; el amor no es presumido ni se envanece; no es grosero ni egoísta; no se irrita ni guarda rencor; no se alegra con la injusticia, sino que goza con la verdad. El amor disculpa sin límites, confía sin límites, espera sin límites, soporta sin límites. El amor dura por siempre (…)” El que ha sido designado profeta ha de denunciar el pecado, con firmeza pero con mansedumbre, con constancia pero con comprensión, buscando siempre la verdad y proponiéndola sin violencia, sin envidias, sin presunción o engreimiento, como quien lleva una verdad irrenunciable en su corazón que le da la paz y la fuerza que necesita para poder defenderla, proponerla y proclamarla. Desde nuestro bautismo nosotros corremos la misma suerte que el Salvador al que vemos que sus propios paisanos y familiares querían despeñar por el barranco de su pueblo, y, quizá no seamos plenamente conscientes de lo que eso significa, pero particularmente en el sacramento de la Confirmación se nos hace hincapié en esta realidad del testimonio profético. El cristiano ha recibido de Dios el don de profecía, la misión de profetizar y de denunciar al mundo su error: no en vano el día de nuestro bautismo el sacerdote, al ungir nuestra cabeza con el Santo Crisma dijo: “Dios todopoderoso, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que te ha liberado del pecado y dado nueva vida por el agua y el Espíritu Santo, te consagre con el crisma de la salvación para que entres a formar parte de su pueblo y seas para siempre miembro de Cristo, sacerdote, profeta y rey.” (Ritual del Bautismo de Niños. Oración de unción con el Santo Crisma) Sin embargo, “no con golpes, sino con amor los harás tus amigos”. Estas palabras son las que San Juan Bosco, cuya fiesta celebramos hoy, escuchó de labios de la Madre de Dios en su famoso sueño de los 9 años y resumen precisamente nuestra actitud ante la incomprensión de quien nos escucha. Que no vemos en el evangelio que Cristo tomara represalias con sus paisanos: solo que no pudo hacer muchos milagros, porque no tenían fe (Mc, 6,5). Por tanto, no seamos remisos a la llamada de Dios: no echemos en saco roto la unción de nuestro bautismo. Seamos valientes y mansos testigos del amor de Dios, denunciando porque amamos, corrigiendo con mansedumbre porque queremos que la Verdad de Cristo ilumine los corazones de los hombres, de todos los hombres. Con mi bendición: P. Juan.

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