Haití ha experimentado, efectivamente, un fuerte seísmo. Pero su magnitud se ha visto ampliada extraordinariamente por una serie de concausas que se deben al hombre. Porque ¿qué es lo que hizo que se derrumbasen estrepitosamente los edificios de cemento? Lo ha explicado Patrick Coulombel, Presidente de la Fundación de Arquitectos de Urgencia, porque Haití ya lo había experimentado en el hundimiento, sin ningún motivo aparente, de una escuela del barrio de Puerto Príncipe, Petionville: «Como consecuencia de la miserable situación económica, la mayoría de los profesionales competentes se han marchado de Haití. Hay pocos ingenieros y arquitectos que sepan construir bien. El Gobierno estima que el 60% de las construcciones no respetan las normas básicas». ¿Por qué se van los expertos? El PNB por habitante de Haití –muy mal distribuido, además– ocupaba, de un conjunto de 231 países, el puesto 205 en 2007. En paridad de poder de compra, es el 3’4% del PNB español, lo que lo iguala a nuestro PNB por habitante en el siglo XVII. Lógicamente, Haití, en el Índice de Desarrollo Humano (IDH), entre 182 países, en 2007 ocupaba el puesto 149. ¿Y cuál es el motivo, porque la nación fronteriza en la isla de Santo Domingo, la República Dominicana, ocupa en este IDH el puesto 90; y, según el Banco Mundial, en paridad de poder adquisitivo, su PIB por habitante más que quintuplica el de Haití? Sencillamente, la explicación es una secular pésima política económica, culminada con unos índices de corrupción estremecedores. Como se observa en el trabajo del profesor Johann Graf Lambsdorff, de la Universidad alemana de Passau, en su ensayo The Institutional Economics of Corruption and Reform: Theory, Evidence and Policy (Cambridge University Press, 2008), la corrupción frena de modo impresionante el desarrollo. Y he aquí que, para 2008, de los 180 países estudiados, Haití, con un 1’4 de puntuación –y un intervalo de confianza entre 1’1 y 1’7–, ocupa el puesto 177. La República Dominicana ocupa el 102, y España –y es preocupante– el puesto 28. La corrupción es algo que deriva, esencialmente, de los valores morales de los gobernantes y de las clases dirigentes. Y he aquí que esta amplia corrupción genera pobreza; la pobreza, lógicamente, emigración de los más capaces; esta falta de buenos técnicos origina pésimas construcciones de cemento; y, al sumarse a un terremoto, las consecuencias son, literalmente, aterradoras. Cuando el obispo de San Sebastián, monseñor Munilla, señalaba que en muchos casos, y el de Haití era uno, lo peor no era el terremoto en sí, con ser terrible, tenía toda la razón.
Juan Velarde Fuertes (Α y Ω)


